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El último halo de oxígeno que mantiene encendida la llama

Sonó la puerta con más energía de la habitual. Nadie suele aporrear la puerta de casa con los nudillos, y yo no suelo abrirla si siento que no debo hacerlo. Ese palpito tuve en el momento que escuché el crujido del roble bajo las manos de esa mujer. Al tiempo, un desgarrador grito hacía las veces de llamada. Gritaba. Lloraba. Gemía. Yo, al otro lado, bebía entre cubitos de hielo el sabor dulce del ron viejo. Me levanté del sofá con toda la rapidez que permite llevar más de cuatro copas. Dejé el vaso sobre el suelo. Intenté calzarme las chanclas, aunque fue una tarea imposible. Pase al baño, cogí el albornoz y tape mi cuerpo desnudo. El pasillo se movía más rápido que mis pasos. A izquierdas. A derechas. Arriba. Abajo. Fui dando tumbos a la puerta de casa mientras la mujer seguía pidiendo mi auxilio. Sería yo la que necesitara su ayuda, aunque no podía hacérselo saber.
Dudé si abrir la puerta. Creí conocer la textura de sus palabras y el sonido de su voz. Apoyé la cabeza sobre la puerta…

Vieja dama de las calles vacías

Es la erótica del poder. Es el cigarrillo que humea entre los dedos después de tener a alguién dentro de ti. Es el acariciar las manos que pertenecen a otra. Es sentir la empuñadura del frío revolver entre las manos. Es el segundo que separa la vida de la muerte. Es descorchar una botella de cava para celebrar una victoria. Es fundirte en un abrazo mientras está de cuerpo presente. Es tachar un día en el calendario o apuntar los que quedan para verle. Es, simplemente, mirarte desnudo mientras amanece en la ventana.



En principio no tendría que volver a preguntarme cuando nos cruzaríamos, ni como, ni que tendría que pasar para vernos o no hacerlo. Sólo debía andar por la ciudad con la tranquilidad de ser la dueña de las noches y los días, con la seguridad de tener un nombre tras mis pasos y el aval de todo hombre que pasó por mis sábanas. Era una vieja dama de las calles vacías y una viuda negra perfecta de mis amantes.

Recuerdo que saliste de mis días con la misma rapidez que entraste…

Peligroso olor a formol, jazmines y azahar

Es ese desesperante y adictivo olor a formol que aspiro cuando recorro el pasillo. Es la intensidad de la luz blanca que se torna azulada cuando rebota en los azulejos inertes de las paredes. Es el brillo del suelo metalizado y la manera en que las ruedas se deslizan por el. Es, simplemente, el abrir la puerta y ver como ese cuerpo sin vida espera a que yo dé respuestas a su muerte. Es mirarlo, y abrirlo, y mirarlo, y saber que le pasa. Y diagnosticarlo, más o menos, pero hacerlo con la seguridad del que sabe, o debe saber lo que hace.

No hay nada peor que llevarse el trabajo a casa.

Deseo salir por la puerta, todavía con el pelo mojado de la fría ducha que se lleva las horas de suposiciones, adivinanzas y aciertos; y pensar en lo que ocupará lo que queda de día. Y dar cada paso con el convencimiento de que ayudé a calmar la angustia de quien espera mi respuesta. Y coger el teléfono y llamar a esos dos gamberros que tengo por amigos y que lograrán que esta noche no cierre los ojos pe…

Tú pensando en ella y yo pensando en ti

Las paredes todavía rezumaban ese asqueroso olor a húmedo, a vacío, a soledad, a pútrido. El suelo estaba empapado de papeles mojados y enmohecidos. Las puertas, oxidadas, se resquebrajaban en cada empujón. Las rasgadas cortinas filtraban la luz de un soleado día de marzo.

Dejé la maleta al lado de la puerta y salí de aquel círculo de recuerdos sin terminar de cerrar.

Siempre hay un bar abierto. Un bar para los que no quieren tomar nada. Un bar con la suficiente luz como para ver perfectamente a quién tienes detrás tuyo. Un bar de esos en los que puedes jugar con los deseos de tu pareja hasta que entre en extenuación. Un bar para los negocios. Otro, simplemente, para beber cuando lo necesitas.

Eso me gustó de ese lugar, que no había nadie cerca, que no tenía iluminación. Me gustaba que un misterioso halo hacía que los clientes rechazaran la posibilidad de entrar a su interior. Me gustaba que un pequeño farolillo parpadeante iluminara las letras de 'entrada'. Era el bar sin no…