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Tú pensando en ella y yo pensando en ti

Las paredes todavía rezumaban ese asqueroso olor a húmedo, a vacío, a soledad, a pútrido. El suelo estaba empapado de papeles mojados y enmohecidos. Las puertas, oxidadas, se resquebrajaban en cada empujón. Las rasgadas cortinas filtraban la luz de un soleado día de marzo. Dejé la maleta al lado de la puerta y salí de aquel círculo de recuerdos sin terminar de cerrar. Siempre hay un bar abierto. Un bar para los que no quieren tomar nada. Un bar con la suficiente luz como para ver perfectamente a quién tienes detrás tuyo. Un bar de esos en los que puedes jugar con los deseos de tu pareja hasta que entre en extenuación. Un bar para los negocios. Otro, simplemente, para beber cuando lo necesitas. Eso me gustó de ese lugar, que no había nadie cerca, que no tenía iluminación. Me gustaba que un misterioso halo hacía que los clientes rechazaran la posibilidad de entrar a su interior. Me gustaba que un pequeño farolillo parpadeante iluminara las letras de 'entrada'. Era el bar si...

Testigos de enamorados y amantes

Un poco más, y a lo mejor nos comprendemos luego. Busqué en el fondo de mis bolsillos cuatro monedas que lanzar en la gorrilla de aquel entrañable señor. Quizá no había tenido suerte en la vida, o teniéndola, no la había sabido aprovechar. Quizá era un enamorado de la vida que había dejado mujeres e hijos por cada puerto del mundo. Quizá ahogaba entre anises la mala suerte de enamorarse de una dama de la luna. Quizá su guitarra era la única compañera que le quedaba y la manera de ganarse la vida. Quizá, quizá. Siempre es quizá. Era un asiduo de la estación. Llegaba antes que yo y se iba cuando la noche había caído y los trenes eran testigos de enamorados y amantes. Se sentaba en la esquina de la cafetería. Justo en el límite de lo permitido por unos y otros. Sacaba su púa del bolsillo y la rasgaba entre susurros contra las cuerdas. Yo llegué a la estación, como cada viernes, cuarenta minutos antes de que saliera mi tren. Me quedaba viendo el panel con las horas y las vías y planeaba...

Asuntos pendientes

Metí en la bandeja de asuntos pendientes un papel cuadriculado con tu nombre en minúsculas. Posiblemente lo escribiría cualquier día que repasando mis fotos encontré una tuya, cuando intenté recordar tu número de teléfono y me lo supe a la perfección, cuando miré desde mi cama la cómoda y ví tu pluma negra sobre el fondo blanco, cuando me dije que no había un recuerdo que no llevara tu nombre. Los cajones de asuntos pendientes... Dichosos cajones de asuntos pendientes Una llamada de teléfono. Una visita demasiado planeada. Un café que nunca llega. Un mensaje que dejas sin escribir. Una cena aplazada. Una reunión a la que no acudes. Un regalo de cumpleaños que dejas sin comprar. Un te quiero que no pronuncias. Unos amigos con los que no quedas. Una cuenta de banco que no actualizas. Un motivo que no buscas. Un trabajo que no sabes si aceptar. Un momento que no recuerdas. Una actualización de blog que está dos días en borradores. Un quizá que es un nunca . Un cuando que no es un ...

Si me dices ven, hago la maleta y voy contigo

Llovía demasiado o no suficiente, una nunca sabe cuando la lluvia cae para bien o para mal. Miré el reloj y como siempre llegaba tarde. Pisé un charco que me dejó los botines llenos de barro. Nada podía ir peor. O sí y que no hubiera acudido. O que se hubiera arrepentido de la llamada. O que no tuviera nada que contarme y sólo fuera yo quien hablara por los dos. Las gotitas de agua de la cristalera dejaba ver a quien quería dentro del bar. Estaba sentado en la misma mesa de aquel entonces. En la misma postura. Con el mismo perfume que se percibía desde la puerta y aquel que me recordaba a las sábanas de su cama. Dudé si entrar o quedarme fuera. Rápidamente repasé mis ya sucios zapatos, mi camisa, la raya de los ojos y que el pelo pareciera tan desmarañado como si no le hubiera prestado atención. Todo tenía que ser un casual y fortuito acierto. Llevaría su camisa preferida. El collar que él me regalo. La colonia con la que rociaba su almohada antes de irme. Respiré hondo. Puse una ...

Un gran amor

Ha sido sofocante el día de hoy; tanto en temperaturas, como en la intensidad de cada momento. Paré delante del portal de mi casa. Sequé el sudor de mi frente con una mano empapada. Abrí el bolso. Dejé caer las compras de papel sobre el asfixiante suelo. Empecé a escarbar por los bolsillos de mi pequeño Dior buscando las llaves de mi estudio. Abrí la puerta. Se empezaba a respirar un aire tranquilo, un aire familiar, un aire seguro. Llamé al ascensor mientras apilaba facturas en mis manos. Olvidé cerrar el buzón. No me preocupaba demasiado. Apreté con desgana la A del ascensor. A de a turdida, de a mante, de a stura, de a tenta...; a  de á tico. Al cerrar la puerta noté como se desplomaba la presión de ser quien no era, a la vez que el bolso en el suelo. Me descalcé. Mis pies doloridos encontraban alivio sobre el frío mármol. Desabotoné mi camisa pausadamente, sensualmente y la dejé caer por mis brazos mientras buscaba la mirada ardiente del hombre que no existía. Descorché m...

Noches de verano; verano sin noches

Las noches de verano son noches porque deja de brillar el sol, porque se puede respirar en la calle, porque el asfalto no escupe calor ni trozos de alquitrán mojado, porque la gente se anima a salir a la calle sin el temor de olas de calor o tsunamis de altas temperaturas. Las noches de verano son esas margníficas horas en las que en tu cama, en silencio, dejas la ventana abierta, escuchas el ruido del silencio y sólo con el resplandor del ordenador puedes ver como se hace de día. Las noches de verano se viven despierta igual que los días se viven dormidos. Hoy empiezan mis noches de verano. En el seco suelo de mi cuarto. En la soledad de buscar amparo en una pantalla inclinada de ordenador. En la necesidad de llegar a las seis de la mañana con historias adolescentes o frívolas de auténticos líderes de masas. En la transparencia de un libro. En la lectura somnolienta de cualquier párrafo guardado. En los pensamientos de historias a medias. En los sueños de cosas imposibles. En las fa...

El llanto de una batería

Un escenario vacío. Las luces empezando a desprender calor. El brillo chispeante de los focos. El deslumbramiento de no ver el fondo de la sala. Una cerveza medio vacía a mi derecha. El compás de las canciones en mi cabeza. El ritmo de mi corazón cada vez más y más frenético. Un pie de micro medio tumbado. El backstage vacío. En mi reloj tres horas para empezar el concierto. La música nunca deja de sonar. Esté triste, esté contenta. No puede decidir cuando cambian los ritmos, los tiempos, cuando habla o grita de enfado. La música suena porque tiene que sonar, es su misión; y yo la interpreto porque es la mía, porque es lo único que sé hacer. Sólo faltaban tres horas para ese concierto y sabía que todas las canciones sonarían bajo el mismo patrón, bajo el mismo ritmo, bajo las mismas baquetas. Bajo el llanto de la batería. Bajo el sonido desgarrador de una huérfana de dueño. Bajo la mirada inquisidora de un grupo que sabe que no hay sustituto para empezar y terminar sus canciones. Bajo...