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"De mayor quiero ser como vosotras"

No todo es sexo. No todo es hablar de sexo. No todo tiene que ver con dejar resbalar ropas por los hombros y recogerlas del suelo tras probar la dulzura de otro cuerpo. A veces, en algunos momentos, existen otras cosas, y otras personas y sentimientos que no tienen que ver con palpitaciones ni convulsiones, sino con esa extraña sensación que va más allá del placer carnal, del placer temporal; del placer. Subió las escaleras tímida. No era más que una tímida chiquilla que no sabía que tenía que meter en su nueva bandolera de marca, ni como tratar con personas que ni le miraban a la cara. Salía, como quien sale todos los días, con la sensación de que el mundo era grande, y pequeño, y sobre todo desconocido y extraño. Quizá cualquier estímulo hubiera sido suficiente, pero no fue esa respuesta aleatoria. Y llegó un día. Y detrás el otro. Y el siguiente. Y tras uno y otro llegó un momento en el que no se marcó un final, y lo pasos que se dieron se continuaron y continúan. Y nu...

Sexo, amor y otras drogas de diseño

"Noventa. Sí. Algo normal. No quiero impresionar demasiado. Creo que no. ¿Seguro? Quizá llevas razón. Sí. No puedo evitarlo. Quizá. No lo sabe. Mañana. Espero. Espero que sí. Claro. Hablamos. Te quiero." Colgué el teléfono móvil mientras que el ruido y la vibración de mis pies me advertía de que mi metro estaba a punto de llegar. Como siempre, llegaba tarde. Cinco minutos después de la hora marcada en los paneles y, como siempre, yo tendría que correr al bajarme de ese lento medio de transporte y así no llegar demasiado tarde al trabajo. Pero no barajaba, ni por un sólo momento, coger el que pasaba unos diez minutos antes. El mio era ese, el de las 15.05 de la tarde. El que tenía los asientos amarillos. El que era más rancio. En el que la luz era más tenue. Era el mio. No había dudas. Hoy había más gente de la habitual. Era viernes. Muchos estudiantes utilizaban mi línea para ir a la estación del tren. Yo no trabajaba demasiado lejos de ese amasijo de hierros, recuer...

En blanco

Me gusta el silencio. A veces. Me gusta notar como miles y millones de gotitas se funden contra el empedrado del suelo. Me gusta disfrutar del momento en el que estallan y se vuelven aún más diminutas y pequeñas. Me gusta escucharlas. En ese momento me gusta el silencio. Me gusta recordar que pasaba cuando pasaban cosas. Me gusta saber que todo está ahí. Me gusta pensar y que me piensen. Me gusta lo que a todos: Querer, mimar, mirar, tocar, sentir, acariciar, besar, abrazar, llorar; y que me quieran y me mimen, que me miren y me toquen, ser sentida y acariciada, ser besada y llorada. La mañana amaneció nublada. Miré por la ventana y vi cuatro coches aparcados bajo mi ventana. Uno negro, otro azul, también uno rojo, y un cuarto. No debería salir de casa sin abrigarme, aunque como era la primera mañana de otoño, todavía no sabía que tendría que ponerme para protegerme del frío. No podía olvidar las zapatillas de deporte. Quizá también tendría que coger una bufanda. ¿Dónde estarían es...

Un libro de cuento

Descorché la última botella de cava que quedaba en el frigorífico. No tenía nada que celebrar. Tan sólo que quedaba un día menos o que ya había pasado un día más. Llegué al salón y encendí lo poco que quedaba de un cigarrillo que estaba en el suelo. Sabía a rayos. Cogí de encima de la televisión los vasos de plástico que sobraron de aquella fiesta que celebramos juntos. Tenían polvo. Quizá nadie los hubiera tocado desde entonces. Soplé sobre uno de ellos y le pasé la mano con la idea de que quedara lo más limpio posible. Coloqué el resto sobre el mueble. Miré detenidamente la fotografía que estaba tumbada boca abajo. Dudé si levantarla. Tiré la colilla en un bote de cerveza vacío que estaba en la mesa. Me senté en el sofá y puse la televisión. Uno o dos canales después, me levanté y busqué en el cajón de tus películas una con la que agotar la botella de cava que, descorchada, me esperaba sobre el sofá. No miré títulos, ni actores, ni reconocimientos. Miré los recuerdos que tenía c...

La tarifa del deseo

La luz de la farola gemía. Gemía como cuando se siente un repetitivo dolor. Gemía despacio, continuo. Gemía lamentando sus pocas horas de luz. Gemía avisando que pronto dejaría de alumbrar. Yo miraba el leve parpadeo de la bombilla desde mi cuarto. Tenía la luz apagada. Una barra de incienso y una triste vela blanca vestían las frías paredes. Recostada en el sillón de mimbre miraba por la ventana con los ojos enjugados en lágrimas. Fumaba. La colilla se consumía rápidamente con cada calada. Cogí el móvil que estaba encima de la cama. Me puse a buscar en la agenda un nombre con el que saciar mi ansiedad. Tenía decenas, quizá cientos o miles de hombres que querrían meterse en mis sábanas esa noche. Sabía que mi cuerpo podía ser saboreado por varias bocas. Encendí la que sería la segunda colilla consecutiva. Rompí a llorar amargamente. Mis manos temblaban y la ceniza se desmoronaba encima de mis piernas desnudas. Me levanté, tiré el pitillo en la lata arrugada de cerveza que me había ...

El último halo de oxígeno que mantiene encendida la llama

Sonó la puerta con más energía de la habitual. Nadie suele aporrear la puerta de casa con los nudillos, y yo no suelo abrirla si siento que no debo hacerlo. Ese palpito tuve en el momento que escuché el crujido del roble bajo las manos de esa mujer. Al tiempo, un desgarrador grito hacía las veces de llamada. Gritaba. Lloraba. Gemía.                                            Yo, al otro lado, bebía entre cubitos de hielo el sabor dulce del ron viejo. Me levanté del sofá con toda la rapidez que permite llevar más de cuatro copas. Dejé el vaso sobre el suelo. Intenté calzarme las chanclas, aunque fue una tarea imposible. Pase al baño, cogí el albornoz y tape mi cuerpo desnudo. El pasillo se movía más rápido que mis pasos. A izquierdas. A derechas. Arriba. Abajo. Fui dando tumbos a l...

Vieja dama de las calles vacías

Es la erótica del poder. Es el cigarrillo que humea entre los dedos después de tener a alguién dentro de ti. Es el acariciar las manos que pertenecen a otra. Es sentir la empuñadura del frío revolver entre las manos. Es el segundo que separa la vida de la muerte. Es descorchar una botella de cava para celebrar una victoria. Es fundirte en un abrazo mientras está de cuerpo presente. Es tachar un día en el calendario o apuntar los que quedan para verle. Es, simplemente, mirarte desnudo mientras amanece en la ventana. En principio no tendría que volver a preguntarme cuando nos cruzaríamos, ni como, ni que tendría que pasar para vernos o no hacerlo. Sólo debía andar por la ciudad con la tranquilidad de ser la dueña de las noches y los días, con la seguridad de tener un nombre tras mis pasos y el aval de todo hombre que pasó por mis sábanas. Era una vieja dama de las calles vacías y una viuda negra perfecta de mis amantes. Recuerdo que saliste de mis días con la misma rapidez que entr...