Y me acurruqué contigo para siempre

No era la primera vez que me imaginaba que entrarías por esa puerta, con esa camisa, con esas arrugas deliciosas en los ojos que se te marcan a la vez que sonríes, con ese pelo rubio y esos labios finos. No era la primera vez que respiraba tu perfume mientras tintineaba la campanilla de entrada. No era la primera vez que recordaba tantas cosas que antes había intentado olvidar.

Buscaba, entre las paredes de cada antro que visitábamos juntos, que no olvidaran los momentos que habíamos vivido en ellos. Esperaba, absurdamente, que me buscaras y me encontraras, y me cogieras en volandas mientras que una carroza dorada estaba en la puerta. Y quizá, nos llevara a ese castillo en el que el olor a incienso se emborrachaba con el nuestro.

Sabía que cuando volviera a verte sería como tener una primera cita. Nervios. Ropa tirada por la cama y bailes equizofrénicos. Llamadas de teléfono buscando consejos y otras en las que restar importancia al verte. Más nervios. Sonrisas y frases estudiadas. Conversaciones aprendidas. Bocetos de historias incompletas y completadas. Música fuerte, divertida y melancólica. Letras de canciones absurdas. Miradas a los recuerdos que aún guardo en mi cuarto. Maquillaje discreto y lencería escogida. Vaqueros, pitillos y tacones finos. Camiseta negra y holgada. La cuenta atrás más lenta de la historia.

Algo importante tendrías que contarme si querías que nos viéramos con tanta premura. Soñaba con que me dijeras que no sabías vivir sin mi, que querías cuidarme y despertarte durmiendo sobre mi pecho; que hiciera solo una llamada, buscáramos un destino y perdernos por el mundo.

Me miraste fijamente a dos centímetros o tres de mi cara. Tú, como yo, buscaste las comisuras de mis labios para darme las buenas tardes. Pedimos, como siempre, dos cortados. Te sentaste a mi derecha y colocaste tu mano en mi rodilla. Yo buscaba alguna excusa para no hacer lo mismo. Miraba, nerviosa, a todos los sitios que tenía cerca. Intentaba, sin éxito, borrar todas las imágenes de mi cabeza en las que te recordaba desnudo. Respiraste hondo, mucho, y me dijiste que teníamos que hablar.

Apuramos el café rápido y te invité a mi casa. Nunca sabremos si fue una buena idea o si tendríamos que haber terminado la conversación entre los posos del café, pero no había nada que más me apeteciera en toda mi vida.

Me contaste, entre emocionado y nervioso, que habías conocido a alguien y querías darle una oportunidad; que no sabías si saldría bien, pero que ibas a intentarlo. Que nosotros ya no teníamos presente y que no imaginabas nuestro futuro. Que me querías, que siempre lo harías, pero que no llevábamos el mismo camino.

Me sequé las lágrimas y sequé las tuyas. Me acerqué a ti y te abracé con fuerza; y noté como tu cuerpo temblaba y rechazaba la despedida. Y te pregunté, con esos dos centímetros de distancia con los que nos habíamos saludado como aliados, si querías acompañarme en el camino a mi cuarto.

Desperté mientras había incienso encendido y sonaba de fondo la música que escuchábamos siempre que dormíamos juntos. Estabas sentado frente a la ventana, fumando y mirando a ninguna parte. Me levanté, me cubrí con tu camisa y te rodee por detrás con mis brazos. Giraste la cabeza, me besaste de nuevo y me dijiste que volveríamos a equivocarnos juntos, que en fondo no sabrías vivir sin mi.

Y me senté en tus rodillas, te abracé fuerte y me acurruqué contigo para siempre.

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