Peligroso olor a formol, jazmines y azahar

Es ese desesperante y adictivo olor a formol que aspiro cuando recorro el pasillo. Es la intensidad de la luz blanca que se torna azulada cuando rebota en los azulejos inertes de las paredes. Es el brillo del suelo metalizado y la manera en que las ruedas se deslizan por el. Es, simplemente, el abrir la puerta y ver como ese cuerpo sin vida espera a que yo dé respuestas a su muerte. Es mirarlo, y abrirlo, y mirarlo, y saber que le pasa. Y diagnosticarlo, más o menos, pero hacerlo con la seguridad del que sabe, o debe saber lo que hace.

No hay nada peor que llevarse el trabajo a casa.

Deseo salir por la puerta, todavía con el pelo mojado de la fría ducha que se lleva las horas de suposiciones, adivinanzas y aciertos; y pensar en lo que ocupará lo que queda de día. Y dar cada paso con el convencimiento de que ayudé a calmar la angustia de quien espera mi respuesta. Y coger el teléfono y llamar a esos dos gamberros que tengo por amigos y que lograrán que esta noche no cierre los ojos pensando en lo que hice a primera hora de la mañana. Y levantarme al día siguiente, andar por el mismo pasillo de todos los días, mirar el expediente de ese hombre y escribir el informe mejor escrito de su vida, o de su muerte, y esperar a que le sirva para entrar, por delante de San Pedro, con la llave mágica que lleva al cielo.

No es perfecto. Pero menos lo es cuando, después de recorrer esos largos metros de pasillo, respirar ese olor asqueroso y adictivo, notas como se entremezcla con jazmines y azahar. Llegas a la puerta y ves como ese viejo e insoportable compañero te mira con toda la ternura del mundo. Intenta tocarte un hombro, mientras tú miras su mano y aceleras la respiración. Y no sabes si es ternura, o miedo, o dolor, o una extraña y explosiva mezcla de todos. Y al abrir la puerta ves esa conocida silueta que tantas veces has visto desnuda cerca de ti. Y retiras la áspera sábana verde, y te das cuenta que todo ha teminado.

Te apoyas en la pared buscando que refresque tu cuerpo y que evite que te desplomes. Flexionas las rodillas. Nadie se acerca a ayudarte, pero tu tampoco eres capaz de dejar que salga de tu boca una palabra, un lamento, una carcajada nerviosa o la maldición más grande que nunca se haya pronunciado. Te quitas los guantes de las manos y escondes una de ellas en el bolsillo. Coges el móvil y ves ese pequeño sobre en la esquina derecha. Ya no hace falta responder el mensaje, ni buscar una cita, ni esperarla, ni siquiera esperar una contestación o desear que ocurra lo que sabes que no tiene cabida.

El tiempo dió por finalizado lo que nosotros dejamos a medias. Y despacio me levanté del suelo. Y fui incapaz de rozarle la cara con las yemas de mis dedos como tantas veces lo hice antes. Quise seguir recordando su piel suave y cálida. Abrí la puerta dejando caer mi peso sobre ella.

Comencé a andar por los metros más solitarios, fríos, tristes y silenciosos que nunca había recorrido.

"Es ese desesperante y adictivo olor a formol que aspiro cuando recorro el pasillo. Es la intensidad de la luz blanca que se torna azulada cuando rebota en los azulejos inertes de las paredes. Es el brillo del suelo metalizado y la manera en que las ruedas se deslizan por el. Es, simplemente, el abrir la puerta y ver como ese cuerpo sin vida espera a que yo dé respuestas a su muerte. Es mirarlo, y abrirlo, y mirarlo, y saber que le pasa. Y diagnosticarlo, más o menos, pero hacerlo con la seguridad del que sabe, o debe saber lo que hace".

Es ese peligroso olor a formol, jazmines y azahar.

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