Vieja dama de las calles vacías

Es la erótica del poder. Es el cigarrillo que humea entre los dedos después de tener a alguién dentro de ti. Es el acariciar las manos que pertenecen a otra. Es sentir la empuñadura del frío revolver entre las manos. Es el segundo que separa la vida de la muerte. Es descorchar una botella de cava para celebrar una victoria. Es fundirte en un abrazo mientras está de cuerpo presente. Es tachar un día en el calendario o apuntar los que quedan para verle. Es, simplemente, mirarte desnudo mientras amanece en la ventana.



En principio no tendría que volver a preguntarme cuando nos cruzaríamos, ni como, ni que tendría que pasar para vernos o no hacerlo. Sólo debía andar por la ciudad con la tranquilidad de ser la dueña de las noches y los días, con la seguridad de tener un nombre tras mis pasos y el aval de todo hombre que pasó por mis sábanas. Era una vieja dama de las calles vacías y una viuda negra perfecta de mis amantes.

Recuerdo que saliste de mis días con la misma rapidez que entraste.
Te encontre en aquel abandonado bar en el que no entraban los chicos de moda, ni los que anhelaban serlo. Estabas, solo o no, pero en el sitio en el que te quería. A tu lado, estaba esa triste amiga de la que siempre te rodeaste.

-Quieres matarme si sales por esa puerta-susurré mientras tapaba mi cuerpo con las vergüenzas de su cama.

Me recomendaste que no hiciera ruido y tampoco me descuidara en el tiempo que tardaba en salir por la puerta. Lloré amargamente mientras me vestía y recogía la parte de mi vida que a tu casa me había llevado. Me despedí de cada rincón porque sabía que no volvería a verlo. Rescaté uno de tus pañuelos y lo metí en mi bolso. Descubrí que te habías dejado todos mis regalos, y con odio salí por la puerta tras un desgarrador portazo.

Estaba dentro del mismo bar y sin mirarte sabía que habías entrado. Hay cosas que no se olvidan, como el olor de la persona a la que amas. No me miraste. Pediste tres cervezas. Tomaste dos de un trago y dejaste la última sobre la barra. Saliste a la calle a fumar un cigarro. Tras de ti, cogí el tercio que quedaba en la barra y el bolso de mis piernas. Saqué un pitillo y me acerqué a la puerta. Te lo di, como siempre hacía cuando terminábamos de follar y salí andando. Seguimos sin hablar y yo ya me había tomado tu cerveza.

Pasaron tres horas. Estabas borracho y casi no acertaste en llamar al timbre, pero sabía que esa noche dormirías conmigo. Te abrí la puerta desnuda. Me abrazaste. Fuimos juntos hasta mi cuarto y te ayudé a que entraras en mi cama. Me besaste como si nunca antes lo hubieras hecho y practicamos el sexo más dulce que recuerdo.

Por la mañana ya te habías ido y tuve que desayunar sola como de costumbre.



Las historias no son de príncipes ni princesas, ni la erótica del poder funciona o el amor es suficiente para mover el mundo. Los buenos no ganan siempre y los malos no son brujas ni ogros. Los días no son negros o blancos, ni siempre se puede hacer un balance positivo.

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