En blanco

Me gusta el silencio. A veces. Me gusta notar como miles y millones de gotitas se funden contra el empedrado del suelo. Me gusta disfrutar del momento en el que estallan y se vuelven aún más diminutas y pequeñas. Me gusta escucharlas. En ese momento me gusta el silencio.

Me gusta recordar que pasaba cuando pasaban cosas. Me gusta saber que todo está ahí. Me gusta pensar y que me piensen. Me gusta lo que a todos: Querer, mimar, mirar, tocar, sentir, acariciar, besar, abrazar, llorar; y que me quieran y me mimen, que me miren y me toquen, ser sentida y acariciada, ser besada y llorada.

La mañana amaneció nublada. Miré por la ventana y vi cuatro coches aparcados bajo mi ventana. Uno negro, otro azul, también uno rojo, y un cuarto. No debería salir de casa sin abrigarme, aunque como era la primera mañana de otoño, todavía no sabía que tendría que ponerme para protegerme del frío. No podía olvidar las zapatillas de deporte. Quizá también tendría que coger una bufanda. ¿Dónde estarían esos acolchados abrigos que llevaba en las fotografías del salón? Seguro que no pasaría nada si daba un pequeño paseo por el barrio o simplemente andaba de arriba a abajo por la acera de mi calle.

La manivela del portal ya estaba fría. No sin esfuerzo abroché tres o cuatro botones de la chaqueta, aunque no logré que cada uno fuera en su ojal, y salí a la calle. Miré a ambos lados. Parecía que nunca había estado allí. Y escuché ese silencio, ese vacío, que me recordó a cuando era una chiquilla. A mi madre. A ese olor a lluvia. Seguro que estaría a punto de llover.

Comencé a caminar. Primero hasta un final de la calle y después hasta el otro. Una y otra vez. Y empezó a pasar lo que esperaba. Empezó a llover. Y toda la gente que se amontonaba en esa calle huyó despavorida. Y yo salí al asfalto. Cerré los ojos. Y entonces sí que era real ese silencio. Y de verdad que se escuchaban las gotas caer. Y no solamente las disfrutaba desmenuzándose en el empedrado del suelo, sino que también las notaba por mis arrugadas manos y mi arrugada cara.

Quizá pasaron dos o tres segundos hasta que una mujer me distrajo de mi momento de soledad. La miré asustada y me recriminó que estaba loca, que sólo una tarada podría ponerse en medio de una calle mojada, con los ojos cerrados y empapada. No le respondí, simplemente me giré y seguí andando. Ella hizo lo mismo, siguió mis pasos, y cogiéndome fuertemente del brazo me llevó hasta la acera, debajo de un balcón. Después se quitó su chaqueta y me la puso sobre los hombros. Abrió el bolso y con un pañuelo me secó la cara.

La observé asustada mientras me cogió las manos. Las apretó fuerte. Le pregunté que qué pasaba, que qué estaba haciendo allí. Apretó los labios tan fuerte como mis manos. Me abrazó y me dijo, tras una intensa pausa, "Mamá, vamos a casa".

Todavía no sé quién es esa chiquilla. Pero me gusta sentir que me quiere y me mima, que me mira y me toca, me acaricia y me besa. Alguna vez también me ha llorado. Y creo, no estoy segura, que yo también la podré querer algún día; aunque no sé si debería llamarla hija, porque no recuerdo si yo tengo alguna.

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