Otro camino

Me gustaba desnudarme sabiendo que estabas al otro lado de la puerta. Me gustaba pensar que tú deseabas, igual que yo, cruzarla y abrazarme. Me gustaba sentir el roce de tu vientre con el mio. Me gustaba mirarte a los ojos y saber que ardían por mi.

Sonó a despedida. No había dudas. Bajé las escaleras de casa nerviosa y me metí en el taxi. No acerté a decir la dirección exacta, pero él sabía dónde iba. Durante algunos años hacía los mismos trayectos cada domingo. A tu casa. Tres horas después, a la mía. Y el taxista siempre terminaba diciéndome que un día lloraría tanto que dejaría de tener lágrimas. Yo pagaba, siempre siete con cuarenta, y subía a casa mientras bajaba mi falda, colocaba mi camisa o abrochaba el pantalón de cuero negro.

Me temblaban las rodillas. Respiré hondo, pagué y cerré la puerta amarilla y negra. Las calles de Barcelona eran más bonitas cuando recorrían el camino hacia tu casa. El taxi aceleró y yo levanté la cabeza para mirar tu ventana. Las cortinas, malvas, chocaban con los cristales y salían hacia la calle. Te asomaste a recogerlas y con un "¡Sube, rubia!", aceleraste mi respiración. Me acerqué a la puerta y empecé a notar un nudo en la garganta. La última vez, pensé en voz alta.

Dulce y amable, acariciaste mi cuerpo. Te entretuviste en mis manos. Las besaste y las miraste, hasta memorizar cada recoveco de ellas. Tenías los ojos llenos de amor, o de deseo, o de despedida, o de miedo. Acomodaste mi cuerpo en esa cama que tantas veces me había visto desnuda. Y cuando yo quise desvestirte y amarte, me abrazaste y me dijiste que sólo querías dormir conmigo. 

Me despertaste horas despues con pequeños besos. Me abrazaste más fuerte y supe que todo había terminado. Y, como nunca hubiera querido, volví a ver tus curvas desnudas. Y te toqué, con la esperanza de recordar siempre ese tacto. Y me acerqué a ti hasta emborracharme de tu olor. Y mordí tus labios y sujeté tu pelo. 

Me contaste tus motivos y yo, enamorada, pensé que podría con ellos. Y te intenté convencer a base de amor, sonrisas y lágrimas de despedida. Y tú, enamorado de ella, me dijiste que habías elegido otro camino.

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