Siempre

No me pondré melancólica en estas fechas. No voy a hacerlo. Siempre he pensado que las Navidades están para recordar viejos polvos. Volver a llamar a los ex. Preguntarles por cómo les va con aquellas mujeres que eligieron antes que a mi, si es que todavía siguen con ellas. Las Navidades son buenas fechas para beberse con ellos dos gintonics en cualquier bar a media luz e intentar congelar los tiempos en los que nadie ha cambiado y todos seguimos igual. Y flirtear, si fuera necesario hacerlo.

Qué recurrentes son las emisoras de radio, los programas especiales en los que una gran familia se sienta entorno a la misma mesa y cantan canciones absurdas que hablan de parejas, de amor, de regalos y de futuros maravillosos y estupendos. Y qué recurrente soy yo. Y qué poco original. Últimamente pienso demasiadas veces que debería profesionalizar mi sabiduría ante el vino, sus cosechas y las ganas de que llegue cualquier excusa barata para descorchar una botella; independientemente de los comensales que se sienten a la mesa. Había aprendido a beber buen vino y hacerlo sola, por necesidad o placer. Y mientras, escuchar esas radio en las que se repasan las parejas de moda y qué harán en estas fechas; y empaparme de todos los programas de televisión especiales que me chirrían por dentro.

En estas fechas, también comenzaba a fumar mucho más. Uno o dos pitis antes de irme a la cama. Y uno o dos pitis antes de salir de ella por las mañanas. Con los cafés de bares. Con los postres. Con las sobremesas. Y con los amantes.

No podía quejarme ni debía hacerlo. Los hombres seguían queriendo colarse en mi cama y yo tenerlos dentro. Y todos esos hombres que se pavoneaban por las calles, seguían deseando venir a verme a deshoras. Contestaban a mis llamadas y siempre acudían a mi casa con buen vino y buenas ganas de querernos.

No volvía a acostarme con todos los que había subido a casa. Sólo con aquellos que me estremecían por dentro. Sólo con el que compartiría todas las noches de mi vida y mil vidas más. Sólo con aquel que aparecía entre recuerdos absurdos todos los días. Porque conocía cada rincón de un único cuerpo y era el que quería que viniera y sabía que iba a hacerlo.

Una vez más volví a escribir su número de teléfono en la pantalla, porque todavía lo recordaba como el primer día. Con un 'Hola, qué tal?' conseguí llamar su atención y sus ganas locas de tenerme en sus brazos. Una vez más me dijo que pasaría las Navidades sólo y que quería venir a casa a felicitarme las fiestas. Una vez más.

Mataba y moría por volver a escuchar su voz, por volver a sentir que estaba al otro lado de la puerta sólo al notar que cerraba el ascensor y empezaba a oler su perfume. Seguía matando y muriendo después de tantos años.

Llegó más nervioso que de costumbre y entró como lo hacía siempre, con la sonrisa más bonita que tenía para mi y los ojos más azules que la última vez que los vi. El vino estaba en su punto, en una de esas bolsitas graciosas llenas de agua con hielo, porque sabía que odiaba que el tinto se sirviera sólamente a temperatura ambiente. Además, trajo algo de comida y un par de latas de tónica. Yo pondría la ginebra, como siempre, seca y abundante.

Cogí sus bolsas y le di dos besos rápidos en las mejillas. Sequé la botella de vino y la templé en mis manos. Sonreí tímidamente y él argumentó que nunca debería servirse un vino a más de 17 grados y por eso lo había mantenido en esa bolsita graciosa. Saqué todos los ingredientes que trajo para una mesa perfecta. Todavía no me había atrevido a mirarle detenidamente a la cara.

Él, paciente, esperó delante de mi. Empezó a quitarse pausadamente el nudo clásico de la bufanda y su chaqueta de pana color camel. No tenía otra intención nada más que hacer tiempo y esperarme. Imagino que también pausar sus nervios y los míos.

Levanté la cabeza lentamente y él me miró por encima de sus pequeñas gafas de pasta llenas de gotitas de lluvia. Nunca había llevado paraguas y no iba a empezar a hacerlo ahora.

Cogió aire. Llenó sus pulmones y me abrazó fuerte. Yo respondí como pude. Nerviosa y torpe. Con el corazón en la boca y las manos frías. Y nos separamos unos centímetros, nos miramos y volvimos a abrazarnos. Y sonreí de la manera más tímida que supe y me relajé en sus brazos. Ya no tenía armaduras para sostener más mis falsas ganas de verlo sólo dos noches al año. O provocar yo nuestros encuentros esporádicos en cualquier ciudad del mapa. Y sólo tenía unos segundos para volver a armarlas antes de que me despegara de su cuerpo: Porque debía seguir siendo la mujer fuerte, fría y, quizá, calculadora, que no mostraba sus sentimientos porque no serían correspondidos.

Y quién sabría lo que él, realmente, pensaba y quería cuando venía a mi casa.

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