Por algún escondite de las sábanas

Me desperté a media noche. Últimamente todas las noche me suelo desvelar dos o tres veces y recorro la cama a ver si te encuentro por algún escondite de las sábanas. Me desperté a media noche y mi cuarto todavía seguía oliendo a incienso. Azahar y jazmín. Esa combinación perfecta que me recuerda, también, a tu cama perfecta. Me desperté a media noche e intenté relajarme de nuevo y volver a conciliar el sueño rápido. No debería dar demasiadas vueltas antes de pisar la tierra de Morfeo o me marearía de recuerdos y de preguntas sin respuesta. Me desperté a media noche y no me faltaba nada en mi cama, salvo tu cuerpo desnudo, tus manos grandes y tus pies descalzos y cálidos.

Fui a la cocina y abrí el frigorífico. Había prometido mil y una veces que no volvería a quitar ese corcho a media noche para llenarme una copa de vino por encima de lo permitido, pero las promesas están para no cumplirlas, mucho más si acabas de despertarte de un sueño con la temperatura muy por encima de lo que esta el vino en ese momento. Siempre tenía copas recién fregadas en la cocina. Fregadas y bien pulidas con algún trapo viejo, para quitar esas pequeñas gotitas de cal que tanto nos molestaban cuando servías vino tinto y las veías resplandecer por todas partes.

Volví a la cama, con la copa de vino, con las sábanas revueltas y con el olor a incienso pegado por las paredes. Nunca un recuerdo me había dejado con tantas ganas de más.

Siempre nos veíamos el mismo día de la semana y a la misma hora. De siete a nueve de la noche. Cuando la ciudad explosiona y los ruidos de la calle camuflaban mis gemidos y los tuyos. De siete a nueve haríamos el amor todos los miércoles. Sin necesidad de llamarnos. Sin tener que poner un lugar o preguntar si esta semana tendrías planes con cualquier tipa de mala vida que te hubieras cruzado por las calles.

Era miércoles. Habías estado a casa las dos horas estipuladas y no firmadas, y yo me había quedado con ganas de más. Habíamos encendido, como siempre, dos varillas de incienso para perdernos en su aroma y seguro que llevabas marcas de mis uñas por tu espalda. Además, hoy me habías pedido una ducha rápida antes de salir de casa y subiste con un pequeño neceser de color verde agua, como tus ojos.

Terminaste de hacerme el amor. Liberaste mis manos de las tuyas y quitaste tu peso de mi cuerpo. Me diste un beso en la mejilla derecha. Sabes perfectamente que odio que me beses después de follar. Sólo, si necesitas darme una muestra de cariño, vuelve a follarme o sal de la habitación. Me diste un beso en la mejilla y sin coger el albornoz que ya te habías adjudicado desde hace más de un año, rescataste tu neceser de debajo de la montaña de ropa que habíamos dejado y corriste al baño.

Te lavaste los dientes. Te colocaste la camisa y pasaste las manos por tu pecho rápidamente en diferentes direcciones pretendiendo quitar las arrugas que marcaban los revolcones del sofá. Te perfumaste. No habías traído una maquinilla de afeitar, pero apuesto a que si la hubieras tenido, la habrías usado. Saliste del baño sin ponerte el cinturón, pero no lo echabas de menos.

Abotonaste la camisa y la remetiste por dentro del pantalón. Mientras, yo observaba nerviosa tu prisa. Juntaste ojal y botón de una manga. Juntaste ojal y botón de la otra.

Te pregunté donde ibas. Me dijiste que no merecía saberlo. No merecía que hubieras estado en mi cama y que, a mi, nunca me hubieras invitado a cenar.

Y esta tarde, por casualidad, me crucé con una canción llenetita de recuerdos y los disfruté, despacio, con el poco cariño del pasado. De un pasado que sonaba a 15 de febrero. De unos recuerdos que me han despertado y me llevan a buscarte, todavía todas las noches, entre olores a azahar y jazmín.

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