Miedo, encajes y los botones de mi camisa

Con los nervios del principio y las sábanas todavía revueltas en la cama, apagué la colilla que no tenía más que recuerdos quemados. La apagué y retorcí en la tapadera del bote que un día decidiste que sería mi cenicero. Le apreté hasta dejarla sin ganas, sin fuerzas, sin llamas, sin oxígeno. Sin tener una última calada que me dejara saciada. Y la miré como si estuviera viendo otra cosa.

Y quien sabe qué explicación buscaba en cada cigarro mal encendido, cada visita mal programada, cada llamada mal realizada o cada amante mal elegido. Y quién sabe qué buscamos cuando no buscamos nada o en qué nos guiamos cuando nos dejamos llevar. Y quien sabe donde vamos cuando no tenemos rumbo o cómo olvidamos lo que no deberíamos recordar.

Subí las escaleras con las mismas ganas de todos los días. Piso cuatro. Segunda puerta. Suelo lleno de pisadas y el barro de la calle. Qué clásica es una historia triste que arranca desde baldosas mojadas. Las paredes recién pintadas no dejaban a la imaginación ni unas malas sombras, ni roces de llaves o restregones de parejas antes de separarse. Arriba estaban los de siempre. Los que nunca faltan a las citas. Con los que poder contar o no contar, según para qué cosas. Los que había hecho de mi la mujer que ahora era. Los que me cuidaban como una princesa, aunque las carrozas no fueran de calabazas, ni yo llevara faldas pomposas.

Me miraron, poco y de mala gana, cuando crucé el umbral de la puerta. Me señalaron un trozo de pan duro que todavía estaba encima de la mesa y seguro que pensaban que todavía quedaba algo que echarse a la boca en el frigorífico. Yo, sin hambre, lo miré poco y de mala gana y puse todas mis esperanzas en una lata de cerveza que sí sacaría del frigorífico, si todavía quedaba alguna. Me abalancé, con las ganas puestas en escuchar el chasquido de la anilla, y rescaté la última lata sin marca que nos quedaba en esa casa. La abrí y pegué un trago profundo, como todo lo que había hecho durante el día. Miré a los compañeros, y así me despedí de ellos sin pronunciar media palabra, y lancé el bolso desde mitad de la habitación a la cama. Un zapato menos. Otro que no duraría demasiado tiempo.
Recuerdo cuando compré esos tacones para pasearlos por toda la ciudad, para pisar con fuerza entre gigantes y acariciarte en mi cama. Cada una compra con tacones en las tiendas con las expectativas que tiene en cada momento. Ahora, las mías y las suyas eran las mismas: los tacones querían verme lejos de ellos y las malas pisadas que les había provocado, quizá a consecuencia de más cervezas de la que tenía ahora en la mano; y yo quería que no me volvieran a recordar por donde habían caminado ese día. También los quería lejos.

Abrí el cajón que tenía pegado a la cama. Buscaba un pequeño mechero de señorita de ciudad. Me topé con una foto que nos hicimos un día y que todavía pululaba entre la ropa interior que allí se amontonaba. Y pensé en cuando me regalaste cada uno de esos encajes. Y miré de reojo el que asomaba entre los botones de mi camisa y que hoy te habías dejado sin acariciar.

Pegué otro trago a la cerveza, cada vez más agotada como yo. Pensé en abrir el bolso que nos había acompañado ese día, pero no quería cruzarme con tu número.

Me tumbé en la cama, exhausta, y empecé a creer que eras tú quien estaba quitándome la ropa. Empecé a respirar tu olor en mi almohada. Empecé a notar tu calor en mis sábanas. A alucinar con tus caricias por mi espalda y tus besos por mi nuca. Y empecé, quizá, a formar una torre de babel.

Mientras, al otro lado de mi revolución, mis salvavidas esperaban el rescate y buscaban la tapadera del bote que un día decidiste que sería mi cenicero; porque sabían que después de las sábanas revueltas y templar los nervios, querría apagar y retorcer esa colilla. Dejarla sin ganas, sin fuerzas, sin llamas, sin oxígeno. Y que buscaría de ti una última calada que me dejara saciada. Y que miraría a mi lado como si estuviera viendo otra cosa en la cama.

Volvería a sentir miedo. El miedo a volver a empezar.

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