No hagáis lo que yo hago; siempre, hacedlo mejor

Poco queda de esa niña de diecinueve años. Poco o nada. O simplemente la inmadurez propia de la edad que se tiene en ese momento; la que tenía con diecinueve y la que rozo ahora con la treintena.

¿Nunca has sentido que se ha equivocado el tiempo? Yo sí, infinidad de veces. Se equivoca el tiempo. Se equivocan los minutos, los segundos, las vivencias, las personas. Yo también me equivoco; yo me equivoco la que más. Y pienso que debería estar viviendo las oportunidades de los diecinueve. Y creo que sería en este momento cuando actuaría como debo, como toca, sin ñoñerías ni caprichos. Y no me equivocaría como antaño. Y apelaría a mi inmadurez para preguntar porqués que todavía no entiendo. Y entendería más de mí de lo que ahora lo hago.

¡Qué caprichoso es el segundero cuando gira a la izquierda en vez de a la derecha!

Es complicado no entender el presente pero sí otras conjugaciones verbales. Es difícil explicar qué se tiene en la cabeza cuando lo único que ves son frases sueltas e inconexas. ¡A quién le explicas lo que sientes! Cariño, amor, ternura, amistad. Podría tachar palabras, buscar pros y contras de cada una; podría convencerme y explicarme; podría y podría pero sin acabar en ningún sitio.

¡Qué caprichosas las hojas de calendarios cuando se arrancan de atrás en adelante!

Y si entienden lo que me pasa, marquen mi número de teléfono. Más no crean que estoy enamorada, que ese sentimiento lo conozco; o piénsenlo y explíquenmelo, porque de amor tenía otro concepto, ese de las mariposas, de las faltas de aliento, de los nervios en el sueño y el sueño en la realidad. Tristura, que digo yo cuando noto lo que noto, simplemente tristura.
Tristura por no tener diecinueve,
Tristura por no conocerte con treinta y tantos,
Tristura por pensar como pienso,
Tristura porque sea ahora el momento;
Tristura, simplemente tristura.

Y sentarme en una mesa, ¡miren mi atrevimiento!, y mirar la foto de escritorio. Seguro que serán pocos los que lo entiendan, los necesarios. O yo solamente, la necesaria. Pero no tendrá que ser ahora.

Poco queda de esa niña de diecinueve años. Poco o nada: porque ya no siento nervios, ni busco príncipes, ni encuentro cuentos; porque miro cartillas de bancos y números rojos y facturas y pagos; porque tengo que dejar de buscar boleros con finales felices y quedarme con baladas que hablan de caminos y vidas juntas.
¿Y si es una cuestión de empeño?
¿Y si aprendo a querer queriendo?
¿Y si tengo que empezar a comer con los suegros los domingos?
¡Qué vértigo! ¡Qué vértigo!

Fuera como fuese, hablando en subjuntivo, no será hoy, ni mañana, ni pasado.
Me retiro, señores; me retiro.

Comentarios

  1. Sarita...eres una gran escritora.... en serio; muy bueno....Felicidades.

    Juan.

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias, Juan. Gracias de verdad ;)

    Sarita ;)

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Siempre

Hablemos del amor

Por algún escondite de las sábanas