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Vieja dama de las calles vacías

Es la erótica del poder. Es el cigarrillo que humea entre los dedos después de tener a alguién dentro de ti. Es el acariciar las manos que pertenecen a otra. Es sentir la empuñadura del frío revolver entre las manos. Es el segundo que separa la vida de la muerte. Es descorchar una botella de cava para celebrar una victoria. Es fundirte en un abrazo mientras está de cuerpo presente. Es tachar un día en el calendario o apuntar los que quedan para verle. Es, simplemente, mirarte desnudo mientras amanece en la ventana. En principio no tendría que volver a preguntarme cuando nos cruzaríamos, ni como, ni que tendría que pasar para vernos o no hacerlo. Sólo debía andar por la ciudad con la tranquilidad de ser la dueña de las noches y los días, con la seguridad de tener un nombre tras mis pasos y el aval de todo hombre que pasó por mis sábanas. Era una vieja dama de las calles vacías y una viuda negra perfecta de mis amantes. Recuerdo que saliste de mis días con la misma rapidez que entr...

Peligroso olor a formol, jazmines y azahar

Es ese desesperante y adictivo olor a formol que aspiro cuando recorro el pasillo. Es la intensidad de la luz blanca que se torna azulada cuando rebota en los azulejos inertes de las paredes. Es el brillo del suelo metalizado y la manera en que las ruedas se deslizan por el. Es, simplemente, el abrir la puerta y ver como ese cuerpo sin vida espera a que yo dé respuestas a su muerte. Es mirarlo, y abrirlo, y mirarlo, y saber que le pasa. Y diagnosticarlo, más o menos, pero hacerlo con la seguridad del que sabe, o debe saber lo que hace. No hay nada peor que llevarse el trabajo a casa. Deseo salir por la puerta, todavía con el pelo mojado de la fría ducha que se lleva las horas de suposiciones, adivinanzas y aciertos; y pensar en lo que ocupará lo que queda de día. Y dar cada paso con el convencimiento de que ayudé a calmar la angustia de quien espera mi respuesta. Y coger el teléfono y llamar a esos dos gamberros que tengo por amigos y que lograrán que esta noche no cierre los ojos ...

Tú pensando en ella y yo pensando en ti

Las paredes todavía rezumaban ese asqueroso olor a húmedo, a vacío, a soledad, a pútrido. El suelo estaba empapado de papeles mojados y enmohecidos. Las puertas, oxidadas, se resquebrajaban en cada empujón. Las rasgadas cortinas filtraban la luz de un soleado día de marzo. Dejé la maleta al lado de la puerta y salí de aquel círculo de recuerdos sin terminar de cerrar. Siempre hay un bar abierto. Un bar para los que no quieren tomar nada. Un bar con la suficiente luz como para ver perfectamente a quién tienes detrás tuyo. Un bar de esos en los que puedes jugar con los deseos de tu pareja hasta que entre en extenuación. Un bar para los negocios. Otro, simplemente, para beber cuando lo necesitas. Eso me gustó de ese lugar, que no había nadie cerca, que no tenía iluminación. Me gustaba que un misterioso halo hacía que los clientes rechazaran la posibilidad de entrar a su interior. Me gustaba que un pequeño farolillo parpadeante iluminara las letras de 'entrada'. Era el bar si...

Testigos de enamorados y amantes

Un poco más, y a lo mejor nos comprendemos luego. Busqué en el fondo de mis bolsillos cuatro monedas que lanzar en la gorrilla de aquel entrañable señor. Quizá no había tenido suerte en la vida, o teniéndola, no la había sabido aprovechar. Quizá era un enamorado de la vida que había dejado mujeres e hijos por cada puerto del mundo. Quizá ahogaba entre anises la mala suerte de enamorarse de una dama de la luna. Quizá su guitarra era la única compañera que le quedaba y la manera de ganarse la vida. Quizá, quizá. Siempre es quizá. Era un asiduo de la estación. Llegaba antes que yo y se iba cuando la noche había caído y los trenes eran testigos de enamorados y amantes. Se sentaba en la esquina de la cafetería. Justo en el límite de lo permitido por unos y otros. Sacaba su púa del bolsillo y la rasgaba entre susurros contra las cuerdas. Yo llegué a la estación, como cada viernes, cuarenta minutos antes de que saliera mi tren. Me quedaba viendo el panel con las horas y las vías y planeaba...

Asuntos pendientes

Metí en la bandeja de asuntos pendientes un papel cuadriculado con tu nombre en minúsculas. Posiblemente lo escribiría cualquier día que repasando mis fotos encontré una tuya, cuando intenté recordar tu número de teléfono y me lo supe a la perfección, cuando miré desde mi cama la cómoda y ví tu pluma negra sobre el fondo blanco, cuando me dije que no había un recuerdo que no llevara tu nombre. Los cajones de asuntos pendientes... Dichosos cajones de asuntos pendientes Una llamada de teléfono. Una visita demasiado planeada. Un café que nunca llega. Un mensaje que dejas sin escribir. Una cena aplazada. Una reunión a la que no acudes. Un regalo de cumpleaños que dejas sin comprar. Un te quiero que no pronuncias. Unos amigos con los que no quedas. Una cuenta de banco que no actualizas. Un motivo que no buscas. Un trabajo que no sabes si aceptar. Un momento que no recuerdas. Una actualización de blog que está dos días en borradores. Un quizá que es un nunca . Un cuando que no es un ...

Si me dices ven, hago la maleta y voy contigo

Llovía demasiado o no suficiente, una nunca sabe cuando la lluvia cae para bien o para mal. Miré el reloj y como siempre llegaba tarde. Pisé un charco que me dejó los botines llenos de barro. Nada podía ir peor. O sí y que no hubiera acudido. O que se hubiera arrepentido de la llamada. O que no tuviera nada que contarme y sólo fuera yo quien hablara por los dos. Las gotitas de agua de la cristalera dejaba ver a quien quería dentro del bar. Estaba sentado en la misma mesa de aquel entonces. En la misma postura. Con el mismo perfume que se percibía desde la puerta y aquel que me recordaba a las sábanas de su cama. Dudé si entrar o quedarme fuera. Rápidamente repasé mis ya sucios zapatos, mi camisa, la raya de los ojos y que el pelo pareciera tan desmarañado como si no le hubiera prestado atención. Todo tenía que ser un casual y fortuito acierto. Llevaría su camisa preferida. El collar que él me regalo. La colonia con la que rociaba su almohada antes de irme. Respiré hondo. Puse una ...

Un gran amor

Ha sido sofocante el día de hoy; tanto en temperaturas, como en la intensidad de cada momento. Paré delante del portal de mi casa. Sequé el sudor de mi frente con una mano empapada. Abrí el bolso. Dejé caer las compras de papel sobre el asfixiante suelo. Empecé a escarbar por los bolsillos de mi pequeño Dior buscando las llaves de mi estudio. Abrí la puerta. Se empezaba a respirar un aire tranquilo, un aire familiar, un aire seguro. Llamé al ascensor mientras apilaba facturas en mis manos. Olvidé cerrar el buzón. No me preocupaba demasiado. Apreté con desgana la A del ascensor. A de a turdida, de a mante, de a stura, de a tenta...; a  de á tico. Al cerrar la puerta noté como se desplomaba la presión de ser quien no era, a la vez que el bolso en el suelo. Me descalcé. Mis pies doloridos encontraban alivio sobre el frío mármol. Desabotoné mi camisa pausadamente, sensualmente y la dejé caer por mis brazos mientras buscaba la mirada ardiente del hombre que no existía. Descorché m...